Desayuno sin diamantes

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... ladylikeaudrey@hotmail.com

Temas



Archivos

Enlaces


Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2004.

De mi impavidez mientras todo pasa

Parece que empiezo a tomar color. Me cuesta bastante porque no soy nada asidua a tomar el sol, no me gusta y me molesta pasar las horas tostándome, así que no lo hago: quince minutos, veinte a lo sumo, y siempre embadurnada de bronceador hasta lo indecible.
Aprovecho minutos sueltos para leer. Leo tres libros a la vez: una obra de teatro en mi habitación, un cuento en la terraza y una novela de un asesinato en el salón, mientras espero que empiece algo.
Ahora también cocino. Es divertido.
Preparo cosas para hacer esta semana y sitios donde ir para no dejar de sentirme ocupada.
Quedo con mac el miércoles, espero que no me acose a preguntas, que lo hará. De modo que espero que sea una cita efímera o que sea capaz de dirigir el tema hacia otro punto.
Hablo con v, poca cosa, nada en concreto, excepto que se le acaban las vacaciones.
Para colmo th hace acto de presencia. Para colmo, para demostrar lo perfecta y chic que es ella y lo atractivo e interesante que es su chico. Nota: No hay nada como heredar urbanizaciones en París.

Similitudes

Aún no encuentro la diferencia entre salir a buscar trabajo e ir a pedir limosna.

Tres momentos para relajarse

Me vestí. Hace más de un mes que no veía a mac. Sí, tenía ganas de verla. Pasamos juntas la mañana. Me divertí mucho (como de costumbre siempre espero pasarlo peor de como luego acaba ocurriendo), estuvimos hablando de todo: del trabajo, de las clases, de las vacaciones por entregas, de los chicos, de otras amigas, de todo...
Ideamos quedar “de verdad” alguna noche en septiembre porque ahora ella está a tope con el trabajo y no tiene descanso y cuando lo tiene está cansada. La vi con muchas más ganas de quedar que yo e incluso pensamos ir a un par de sitios concretos y alguna locura, como avisar a s.
Cuando me iba a marchar me dio un regalo. Y pensé ¿cuánto hace que alguien no me regala algo? ¿algo inesperado, un detalle con la única excusa de sorprenderme? Sí, casi siglos. Pero obviamente, vince. Lo curioso: que horas más tarde recibiría un par de sorpresas más y que mi padre hoy me ha traído algo también.
Ayer acabé la tarde en la maison, mucha gente, más regalos (esta vez de París), anécdotas, française que se deja acariciar la tripa, escuchamos música, se ve un video y se toman bebidas.
Cena en la calle de p ville. Cena completamente en la calle. Aire muy fresco y relajante, sin ruidos (excepto algún coche inoportuno), ideas de lugares y rr a lo lejos, que me conoce, se vuelve, me mira.

Lluvia de estrellas

Rita.jpgÚltimamente sueño con azoteas. En mis sueños siempre es de noche. Sueño con azoteas y un aire suave que me eriza la piel. Sueño con azoteas y sábanas verdes. Y tres tramos de escalera con una barandilla inestable. Vértigo. Vértigo a todas horas, hasta durmiendo. Me agarro con vehemencia a la barandilla y miro con recelo hacia los dos lados y miro sobre los tejados y un patio a lo lejos.
Subo a la azotea y hablo con alguien que no me escucha, que no está. Y me arropo con unas sábanas verdes y ya no sé si estoy durmiendo o me despierto. Pero no me preocupa, estoy cómoda. Sólo pienso en no despertarme aún del sueño o en no quedarme dormida hasta que amanezca.

L' étrange pique - nique nocturne

Extraña vida esta.
Hace años, hoy, estaba en París; hace años, hoy, estaba en Ávila o en algún lugar perdida en los alrededores; hace años, hoy, estaba ahí, a pocos kilómetros, supongo que llorando (nunca solí pasarlo bien) y temiéndome qué vendría después. Hoy nada de lo que me preocupaba entonces me preocupa ahora y lo que siento que alguien puede empeñarse en que me preocupe, día a día, tampoco lo hace: rentabilizar. Me niego.

Decidí ir. No las tenía todas conmigo. Vestido rojo, sandalias y pelo mojado. Algo de perfume, mis gafas para no perder nada de vista y una cámara de fotos, para obligarme a recordar con detalle. Fui. Tardé. Llegué. El duelo con th fue tramado, liviano y anticipado. Lo mejor: salí airosa. Lo peor: la comida.
Las cosas dejaron de importarme a las 21:50. Confidencias con b y mi querida l, risas, demasiadas tal vez, básicas, sin lugar a dudas. Hablamos de trabajo con el novio de b y con pkt. Me aburro y hago como que escucho mientras imagino de qué color sería mi coche ideal y qué música escucharía justo cuando alguien me pregunta sobre mí. Me cuesta responder de forma coherente, así que hago chistes o cambio de tema.
Le conté a sil que había visto a una compañera de clase por la calle a la que hacía más de cinco años que no veía, ahora casada, con un hijo y embarazada, y sólo dos años más que yo. Me impresionó. Cada cosa a su tiempo, no te estás perdiendo nada, por ahora. Vaya, y le expliqué que aún me sigo sintiendo tan lenta en una carrera que no sé si es a contrarreloj o de obstáculos, porque hasta ahora no he visto instrucciones repartidas por las esquinas, y que lo único que hoy me queda claro es que, al menos la mía, no me gustaría que fuese de relevos. Se ríe.
Jugamos a los números, la cena termina y th y otros se van. He estado muy relajada todo el tiempo, pero ahora el sentimiento se acentúa. Hago fotos. Muchas, en cualquier posición, de cualquier cosa y con cualquiera. He decidido coleccionar fotos con personas que ríen. Seleccioné esta mañana tres de anoche. Me encantan.
La noche pierde color. Hay que irse a pesar de ser consciente que siempre pierdo el sueño en la franja entre las 02:45 y las 04:00. Dormiré mañana.

Hoy, segunda parte. Aún más divertida. Se cuentan secretos que jamás habría imaginado. Los mosquitos me comen de una manera bárbara, y me preguntan qué voy a hacer el día de mañana. De nuevo la pregunta suicidio y el par de respuestas que suelto por método y nadie queda contento.
Llego a casa pensando que me quedan mails de un par de amigas por contestar, así que me conecto y descubro en mi bandeja uno nuevo que me ha hecho feliz de una forma casi prehistórica para mí, lejana en el tiempo como los sellos, las cartas con olor a fresas y jeroglíficos haciéndose pasar por remites. Lo leo un par de veces y, como en aquel entonces sólo se me ocurre pensar prometo responder.

Niños jugando al escondite

Es curioso como también los lugares están vivos. Y como dejan de estarlo, porque acaban quedándose sólo en algún trozo de foto o escondidos en la memoria. Sitios que ya no están. También lloro por ellos, porque pasé mucho tiempo allí y tampoco vuelven. Y temo que como yo, sufran por saber que ya no existen, estén donde estén.

A menudo, de repente pienso quieta, mira alrededor, huele y escúchalo todo, y guárdalo en tu memoria. Recuérdalo. También a menudo esos elixires se abren solos, durante la noche, mientras duermo y amanezco ahí, cualquier día y todo está como entonces.

Recuerdo despertarme en una habitación enorme, y no dejo de mirar qué partes de la cama se iluminan con trocitos de sol que se cuelan por la persiana. Y me levanto con cuidado para no despertarlos a todos y salgo en busca de mi colección de conchas marinas y huele a tortilla de patatas y a flotadores a punto de bajar a la playa. Y un patio de luz al que caen multitud de sonidos y canarios que no dejan de cantar a la hora de la siesta.

O recuerdo estar al borde del jardín, mirando el horizonte y toda la campiña, como en un balcón predilecto y sentir el aire en la cara y el olor a pinos y a rosales recién podados. Y caer la noche y oír llegar el tren. Y esperar para no olvidar el color de la tierra ni la intensidad de las estrellas. Ni mi casa. ni mi cama. Ni los gritos de éramos niños jugando al escondite y la piscina sin llenar. Y una terraza con lagartijas y helados al corte de vainilla-chocolate.

Las casas de mis abuelos, como ellos, tampoco están ya. Después de tanto, que no quede nada, me pone nerviosa y pienso que hay cambios grandes y desagradables y que con todo no puedo y que siempre habrá algo en mí que se niegue a ser algo más que una niña.

Cuando las inclemencias las pongo yo y no el tiempo

20agosto.jpgLas calles se revelaban como decorados abandonados. Paseamos sin dejar de hablar, como con la seguridad de tenemos tanto que contarnos a pesar de ser la primera vez que manteníamos una conversación más larga de los cinco minutos de rigor a los que estaba acostumbrada hasta entonces: no sé qué hablar con gente con la que (creo) no tengo nada que hablar. La última vez que coincidimos apenas me di cuenta de que estaba allí, con los demás, y sólo al final de la noche me preguntó por algo y hablamos. Que me invitara a salir días después era de lo más inverosímil. Acepté porque quería probar antes que no hacer nada.
Paseamos por lugares que ni siquiera de día conozco. Y contamos historias, algunas suyas y algunas mías y hablamos de decoración, del arte post modernista en París, de las fotos con aire retro y de las oposiciones.
En una plaza solitaria, después de cruzar las teterías y los sitios que te transportan a las mil y una noches, nos sentamos a relatar las leyendas de las casas antiguas que conocemos. Y me enseña una escultura escondida de una mujer desnuda que se baña en una esquina recóndita de la ciudad. Y seguimos callejeando y no hay nadie salvo las aceras y las farolas encendidas a modo de lunas calientes. Y me habla de cualquier cosa mientras se acerca de frente el único personaje que se nos cruza, alguien en silencio, que anda despacio, y miro asombrada a Audrey que parece sonreírme desde su camiseta y empiezo a reírme por dentro, imaginando que vivo dentro de un post de mi propio blog. Lógicamente no se lo explico.
Llegamos. Me presenta a sus amigos en el cuarto bar de la noche. Son diferentes a los que yo conozco, y me gustan. Me gusta estar allí, en un tablao flamenco, en un patio interior de una casa antigua reconvertida en bar de copas, en una plaza, en cualquiera de esos sitios nuevos para mí. Incluso él es agradable y ha conseguido, al fin, que lo pase bien sin esperarlo. Pero lo he pillado mirándome un par de veces. Y no sé qué hacer. Sentí que había llegado el momento de marcharse a casa, no imaginé que él pensara que seguiría durando la noche, me habla de un local nuevo. Le digo que no puedo. Y las señales de desilusión en su cara me descolocan. Y nunca quédate sonó tan triste como en su voz.

Ese lugar

monedero.jpgPreferiría la playa sin esa sensación pegajosa en la piel.
Preferiría la playa con bastante menos gente. Incluso con menos aún.
Preferiría la playa sin letreros en inglés ni desayunos con fritos.
La preferiría sin el olor a comida de los chiringuitos ni de las sardinas tostándose.
Preferiría la playa con otra temperatura más agradable.
Preferiría la playa si consiguiera que me sintiera cómoda al andar.
Preferiría la playa si nadie la hubiera descubierto aún.
La preferiría incluso sin tanta arena ni tanto mar, porque por mucho que mire al horizonte no hay más allá y todavía hay cosas que no me quedan claras.

Sin duda lo único que me gusta de la playa es el sonido de las olas romper y lo vacía que se queda de noche.

Por todo lo anterior, acabé, como siempre (esto empieza a ser preocupante) investigando los nuevos centros comerciales. En uno divisé una tienda con diseños pop. Entré y acabé escogiendo mi nuevo monedero. O, ¿fue él (ella, de nuevo su imagen) quien me escogió a mí?

Mis primeras tres reflexiones de la mañana

Al despertar, pensé -seriamente- por un momento que era cualquier sábado por la mañana de mayo de 1997.
Después intenté recordar algo de los cinco sueños (al menos) que me han asaltado esta noche.
Y finalmente miré el reloj y descubrí que eran casi las dos de la tarde y conté que había estado durmiendo unas quince horas. Increíble. Estaba realmente cansada después del viaje.

A mi manera

Para mí, el verano ya ha acabado. Nunca he atendido a las fechas que realmente dan paso a las estaciones del año y acabé dotando de pistoletazos de salida a situaciones más relevantes que siguen subsistiendo como los hechos más memorables.
Despedirme de la mayor parte de mi familia que, contra todo pronóstico, se vuelve a desplazar hasta aquí un año más (suponiendo el último reducto de aquellas maratonianas jornadas de vacaciones a la antigua usanza) viene a ser el último capítulo del verano y poco importa ya si dicen los calendarios que se acaba el 20 ó el 21 o vete a saber que día de septiembre, porque para mí es este.
Siempre he imaginado el transcurso del año como las horas de un reloj: el uno es enero, el dos febrero, el tres marzo así hasta darle al doce el mes de diciembre. Estamos a punto de empezar el último cuarto del año (el último cuarto de hora): mi parte favorita.
Aunque claro, para mí, es ahora cuando empieza el año, en septiembre. Así lo veo desde niña: Es lógico, de diciembre a enero me resultaba un escalón mínimo, el cambio sólo lo veía en que tenía que cambiar la última cifra del año en la esquina superior derecha de mis cuadernos. Pero todo seguía siendo igual. Sin embargo, a finales de agosto, después de dos meses y algo más sin hacer nada, en casa, en la playa, en el campo, etc... con aquellos que no veía desde el verano pasado y sabiendo que en breve comenzaría el cole, una clase nueva con compañeros nuevos, los profesores, los libros nuevos, nuevos conceptos y asignaturas, las matemáticas que desaparecen ¡al fin! ... Sí, el año (escolar o no) empieza ahora.
Feliz septiembre.

Con lo que me gusta ir a comprar cuadernos y lápices de colores.


Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.